Mostrando entradas con la etiqueta Madres/Padres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Madres/Padres. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de mayo de 2012

Día de la madre

6 de mayo, día de la madre. Aunque un poco cansada y afectada por la primavera ( como cada año) no quiero que se acabe el día sin felicitar a todas las madres convencidas, que se desviven por sus hijos, que disfrutan y sufren con ellos.

Llevo unos cuantos años sintiéndome madre, exactamente siete, desde que Martina, en mi barriga, ya formaba parte de nuestros planes. Padres felices, dispuestos a hacerlo lo mejor posible, conscientes de nuestro cambio de vida y de estado, aunque, mirándolo con distancia, no del todo. Ser padre es el mejor aprendizaje sobre la marcha, en el que el sentido común y la paciencia son nuestros compañeros de viaje, hiperdesarrollados exponencialmente

Los hijos hacen que salga lo mejor y lo peor de todos nosotros. Nunca antes había gritado tanto, pero nunca había querido tanto, ni había mostrado mi sensibilidad de forma tan intensa, entendiendo perfectamente el amor maternal (o paternal que, en nuestro caso, es el mismo). Es un amor gratuito, sin esperar nada a cambio, lleno de ilusión por ver que tus hijos aprenden a ser personitas y pueden llegar a ser grandes personas.

Guiamos a nuestros hijos, para que les sea más fácil la vida, vivimos sus historias cediéndoles todo el protagonismo, ayudándoles a coger las riendas de su destino. Muchas veces nos cambiaríamos por ellos, para evitarles sufrimientos y para que no cometan nuestros mismos errores. Pero no podemos vivir su vida, sólo a ellos les pertenece. Somos su apoyo y su colchón, siempre estamos ahí, cuando aprenden todo lo bueno y todo lo malo que les puede ofrecer la vida. Reír y llorar, todo forma parte del ciclo, siempre ofreciendo nuestro hombro y compañía.

Intentamos, nos esforzamos y es tan difícil...Cada hijo es diferente y cada etapa también y los sentimientos no se pueden cambiar. A veces me gustaría mostrarles un mundo ideal, pero vivimos en el mundo real...así que, como podemos, los preparamos, adaptándolo a su edad. Y son ellos, los que, a menudo, nos dan lecciones de su visión del mismo, haciendo más simple lo que los adultos vemos complicado, con sus lógicas preguntas sobre el funcionamiento de todo.

Así me siento, madre en todos los sentidos, intentando no perder mi esencia. Días más buenos que otros, pero siempre apoyando a nuestros hijos en sus sueños, mientras intento no olvidar los míos. Y hoy, en nuestro día, me gustaría regalaros un enlace a un vídeo que, aunque tenga publicidad final, ilustra muy bien parte de nuestros sentimientos ( ¡Gracias, Sílvia, por pasármelo).


¡Feliz día de la madre!


Txell

miércoles, 25 de abril de 2012

Próxima publicación: "Saber perder"

El deporte, como muchas otras cosas, es un gran aprendizaje cuyo único objetivo no es el triunfo. Por el camino, nos acompañan grandes valores y es importante saber transmitirlos y tenerlos en cuenta, sobre todo con los niños. En unos días, nuevo post: "Saber perder".

Txell.

viernes, 20 de abril de 2012

A contracorriente

A veces pienso que me he equivocado de mundo. Siguiendo normas y pautas, parece que no lo estoy haciendo bien. Intentamos educar lo mejor que podemos a nuestros hijos, intentamos que sepan respetar y compartir y que sean unas personas honestas.

Pero el mundo no está por la labor: un rey que caza elefantes (seguro que nunca ha visto "Babar"), personajes corruptos y grandes falsificadores. Y a nivel más cercano, niños que pegan mientras sus padres miran para el otro lado, vista gorda llevada al extremo, invasión de mala educación y ninguna sanción. Cultura del esfuerzo en ayunas.

Mis hijos nos preguntan, muchas veces, por qué unos sí y otros no...y no sabemos qué contestarles. Empiezan a darse cuenta que la justicia no es un concepto que se aplica correctamente y, a nivel pequeño, comparan y les cuesta entender.

Difícil, el día a día en un entorno que no ayuda.

Por suerte, en este mundo tan complejo, todavía encontramos personas con ganas, que se esfuerzan por poner un granito de arena. Es entonces cuando piensas que quizá no estemos tan mal, que sólo hace falta el saber que somos unos cuantos y que, si seguimos empeñándonos en que esto cambie, podemos conseguirlo. Es nuestro reto creerlo, esforzarnos y pensar que un buen futuro para los nuestros tiene que dejar de ser una utopía.

Y mientras sigo con mis pensamientos que van más allá del día de hoy, río pensando en la inocencia de nuestro hijo Jaume, de cuatro años. Ajeno a las preocupaciones adultas, hoy, con gran ilusión, se ha puesto a escribir la carta a los Reyes Magos. Quizá sea la solución, si existieran. A lo mejor me animo y les escribo....Aunque como yo le he dicho, tardarán muchos meses, que ahora les da calor la capa...Así que, mientras tanto, os animo a seguir luchando a contracorriente, para que algún día el mundo se "cure" sin muchas tiritas.

Txell

lunes, 19 de marzo de 2012

Día del padre

19 de Marzo. Día del padre. Nuestros hijos no se lo piensan: Con besos infantiles y mañaneros, dulcemente, (o no tanto) le despiertan. Hay prisa para ir al colegio, pero para estas cosas siempre hay tiempo. Sonrisas legañosas y un “Felicitats Eduard!” con todo el sentido. Es el padre de nuestros hijos, mi compañero, pareja y amigo, y estamos juntos en un gran proyecto: educar y ayudar a nuestros hijos a ser felices y a saber valorar lo que tienen. Difícil reto, pero no imposible, si a ello le añades dosis de cariño y ganas, tolerancia a la frustación, energía, paciencia, sentido del humor (a veces en cuarentena)... y alguna cosa más, que el día a día no te deja olvidar.

Me pongo a pensar y vuelo, como siempre. Recuerdo cómo nos conocimos y la espontaneidad del momento. Tan diferentes, pero iguales en lo básico. Mi impulsividad y sociabilidad contrarrestan con su discreción y análisis, y la combinación, si es compensada, nos ayuda a no pasarnos al extremo.

Eduard ríe con mis ocurrencias, dejándome que le explique, sin cortarme las alas, pero sabe hacer que yo misma sea consciente del aterrizaje. Amor condensado que se ha ido transformado en reposado y que a veces juega al escondite mientras hacemos de padres. Pero siempre se deja, y siempre lo atrapamos, en sus múltiples formatos. Pese al desgaste y a las obligaciones, los dos lo tenemos claro.

Me gusta ver a Eduard con Martina y Jaume. Su rigor y pautas se visten de explicaciones lógicas, al alcance de los niños, que muchas veces me sorprenden positivamente. Y a la vez, sabe expresar gran cariño y decir con palabras lo que muchos padres no se atreven, quizá porque la etiqueta masculina lo prohíbe.

Me encanta cuando ríen los tres..y unirme a la fiesta. No me extraña que los niños le adoren, porque es un padre comprometido, con mayúsculas. Hay fotos que lo dicen todo:



Ya hace tiempo que no puedo ir con él de la mano, porque los niños se la rifan, contentos de pasear con su papá. Pero la estampa me gusta y, observándolos, me olvido de algunos de nuestros desacuerdos, acordando que la próxima vez lo intentaremos hacer mejor. Las ganas compartidas, lo pueden todo.

Hoy me gustaría felicitar a todos los padres que están encantados de serlo y que, a pesar del cambio de vida, disfrutan de la etapa única e irrepetible de ver crecer a sus hijos. Y, como no, a mi amor discreto, que hoy me deja que le haga un homenaje.

FELICITATS EDUARD!!!

Txell

jueves, 1 de marzo de 2012

Así nos ven...

Desde que soy madre, no tengo una imagen real y objetiva de mí misma. Quizás la dedicación a los niños, el trabajo y el poco tiempo que queda para mi pareja, no me permiten dedicarme y analizarme todo lo que debiera. Por eso me gusta que mis hijos me den su opinión. Ya sé que tampoco es fiel a la realidad, porque el cariño muchas veces distorsiona, pero me gusta su particular visión de las cosas, su mundo imaginativo y la simpleza de sus observaciones.

Jaume, con 4 años, muchas veces me ve como una compañera de juegos. Se enfada y me dice que no me invitará a su fiesta y, al cabo de un momento me dice que se casará conmigo y que celebraremos una boda ( "e invitaremos a papá y Martina ¿vale?"). Mi autoridad le molesta y le cuesta entender, pero creo que en el fondo la agradece. Los niños quieren límites al mismo tiempo que te ponen contra las cuerdas. Los besos pegajosos con aire de chupachup ayudan, en muchos momentos, a suavizar nuestras tensiones educativas. A mi tozudo cariñoso, no lo cambio por nada, porque es dulzura recubierta de energía y descubrimiento del mundo...pero reconozco que muchas veces me pone a prueba y me demuestra que todavía tengo mucho que aprender en esto de ser madre.

Martina, con 6 años, ya está en otra fase. Es una compañera animosa a la que le gusta ayudar. Cuestiona y soluciona y empieza a darse cuenta que el mundo no sigue un orden lógico. Con sus primeros pinitos en cuanto a sentido del humor es un gran apoyo que me ayuda a no perder los papeles. Sabe comunicarse y darme más pistas sobre sus sentimientos y me pone las pilas si es necesario. Sus razonamientos me muestran que a veces me equivoco, pero que también los hijos saben dar oportunidades y mostrar el camino. Sinceridad infantil al poder, aunque a veces cueste aceptarla.

Difícil, esto de educar, ser madre y justa....de dar lo mejor de tí misma cuando has tenido una jornada de trabajo tensa y agotadora...de estar atenta, de ser una superwoman y de tenerlo todo bajo control...Pero mis hijos se merecen una madre alegre y dispuesta, que sepa darles pautas, cariño y que no pierda esa magia que no sólo nos da la infancia. Así que hay que seguir al pie del cañón, disfrutando de los buenos momentos, aprendiendo y tomando apuntes en este gran máster familiar en el que hemos decidido apuntarnos.

Para acabar, un dibujo de Martina, uno de sus últimos regalos gráficos. Me veo estilizada y sensual, y me hace reír, pensando la imagen que tiene de mí.





Txell

sábado, 11 de febrero de 2012

Ahora sí que se acabó la feria...

Hace ya más de una semana que acabó la feria de Sant Antoni. Una feria que, como todos los años se instala cerca de donde vivimos. Después de Reyes y en plena cuesta de Enero, no es el mejor momento para nadie, pero el éxito está asegurado: un lugar estratégico en el que confluyen los caminos de diversos colegios, el ruido ensordecedor que atrae a las nuevas generaciones, las luces, y el olor a algodón de azúcar, almendras garrapiñadas y churros con chocolate.

Nuestros hijos se emocionan cada año. Nerviosos, intentan convencernos desde el primer día para que vayamos. Este año nos hemos adelantado a sus demandas y, como intento de padres organizados, hemos establecido dos días para que vayan a disfrutar de las atracciones. Los niños aceptan, no les queda más remedio, pero cada día que pasa hacen prácticas de negociación.

Por fin llega el día esperado y me aventuro a ir sola con los niños. La agitación y excitación les envuelve y galopan hacia los autos de choque, sin darme tiempo a poder comprar las fichas y hacer las reglas de tres para calcular a partir de cuántos viajes me sale más barato.

Con los bolsillos desordenados de monedas y fichas, intento convencer a Jaume que, con 4 años no tiene edad para subir en los autos de choque. Jaume me mira confuso y enfadado, pero permanece a mi lado, animando a su hermana para que dé unos cuantos topetazos. Con mi hijo de la mano, tengo tiempo de mirar a mi alrededor y veo a un niño con cara de chupete esperando para subir en los mismos autos que he vetado a Jaume. No hay tiempo de reacción porque los niños se dan cuenta de todo: rectifico mi error y Jaume sube en la siguiente tanda, emocionado de poder chocar con su hermana. Me invade un complejo de madre exagerada.

El siguiente paso son las sillas voladoras del carrusel. Recuerdo lo que deseé, cuando era pequeña, subirme en una de ellas. Una ràfaga de nostalgia infantil me envuelve y me traslada a otro tiempo, mientras observo las sucesivas y repetidas vueltas que dan Martina y Jaume.

Los niños siguen corriendo, emocionados, y la música y las luces incrementan la sensación de descontrol. Ahora Jaume quiere subir en los "caballitos" y convence a su hermana que, de buena fe, lo acompaña. Los miro un momento y parecen dos Gulliver en un coche liliputiense. Como un flashback, recuerdo la primera vez que vi a Martina sentada en la misma atracción: parecía que se escurría, sólo asomaba un poco de pelo rizado y se adivinaba su sonrisa. Su manita saludaba a su hermano bebé, que desde el cochecito de verdad y en concierto con su chupete, la observaba. Sin perderlos de vista, pienso en la razón que tienen los que me dicen que disfrute de esta época que, muchas veces, parece agotadora. Realmente, el tiempo vuela.

Interrumpe la escena un revisor de tickets, inexpresivo, que va pidiendo las fichas. Siempre he pensado que son automátas y que están programados para este fin, porque nunca les he visto cambiar el rictus de la cara o mejorar su expresión vacía, de nada.

La tarde continua apresurada. Pacto con los niños dos "cacharritos" más y nuestra marcha, ya que mis bolsillos y mi energía comienzan a resentirse. La caza de patitos les parece una buena opción, más que nada porque hay regalo seguro. Por mucho que nos esforcemos para que no sean consumistas, son niños del siglo XXI. La prisa les puede y, en un momento, tienen la cesta preparada y esperan su trofeo. Sé que han hecho algo de trampa para ir más rápido, pero hago la vista gorda: las madres del siglo XXI también nos tomamos nuestros descansos. Dos intentos de móviles con juegos, que después no funcionan, son el premio a tan poco esfuerzo.

Por último, el regalo de honor para Martina y Jaume: el salto, que forma gran parte de su vida. Las camas elásticas con arnés cumplen la función de hacerlos volar y, no contentos con eso, Martina adereza la sensación con algún que otro mortal que, Jaume, con algo de éxito, consigue imitar. Yo no tengo manos, entre los abrigos, las bolsas de piscina y los globitos que regalan en la feria, pero con un poco de esfuerzo, los consigo grabar, bajo la mirada impasible de los automátas y algún que otro espontáneo que comenta la escena.

El día ha sido agotador y vuelvo a casa cansada. Pero las sonrisas y comentarios de los niños y la emoción que transmiten a través del volumen de voz, me acaban compensando.

El segundo día es algo más relajado: ya no voy sola, y eso se nota. Con el peso de la responsabilidad compartido, los bolsillos pesan menos y el nivel de relajación puede llegar a aparecer.

Los niños nos convencen y nos montamos, los cuatro, en los renos del tren de la bruja. Deporte de riesgo. El túnel está pensado para niños y las cabezas de adultos casi tocan el techo. Por miedo a desnucarnos, Eduard y yo permanecemos todo el rato agachados: una posición incómoda que, combinada con las vueltas, se convierte en algo más que mareo. Reímos por no llorar, mientras nuestros hijos gritan divertidos, agitando los globitos que nos han regalado, cosa que hace que la sensación agobiante crezca por momentos. El tiempo parece pararse, porque la atracción no se acaba nunca. Pálidos, logramos bajar, tomándonos con humor el"¡otra vez!" que piden nuestros hijos, ajenos totalmente a nuestra nefasta experiencia.

Gastamos las fichas sobrantes entre sillas voladoras y autos de choque, en los que nuestros hijos ya empiezan a apuntar como expertos conductores. Yo me río de mí misma pensando en mis miedos de hace unos días. Martina aprovecha el tirón e intenta convencernos para subir en la rana, una especie de pulpo que da grandes saltos, pero su peso pluma no ayuda y, con esfuerzo, le quitamos la idea de la cabeza, sin llegar a sentirnos unos padres rancios. Logramos que se olvide con el broche final (cómo no...): los saltos olímpicos elásticos con volteretas al cuadrado y ovación discreta por nuestra parte.

Con los últimos mortales y unos cuantos euros menos, este año damos la feria por finiquitada. Tenemos muy claro que el año que viene nos volveremos a dejar convencer y negociaremos, pondremos límites y nos cansaremos, pero ya sabemos que es parte de los procesos de validación que pasamos gran parte de padres.



Txell

domingo, 5 de febrero de 2012

Qué poco dura el enfado...

Después de un día intenso, movido, con la paciencia al límite y las neuronas estresadas de repetir tantas veces las mismas cosas, ponemos a dormir a los niños. Es sábado y les toca estar un rato en nuestra cama: un premio semanal que quedó así establecido y se ha impuesto independientemente de los ánimos desanimados con los que muchas veces se llega a esta hora.

Besos de buenas noches rellenos de actos de contricción y promesas que yo siempre creo, repaso de algunos buenos momentos y mi sonrisa algo aliviada pensando que a veces es bueno llegar al final de la jornada.

Cinco minutos, sólo cinco minutos después me encuentro con esta estampa:




Miro a nuestros hijos con cariño y me llenan de ternura. En cinco minutos me ha vuelto a cambiar la cara y vuelvo a tener las pilas totalmente cargadas. Soy una madre encantada y sin ganas de que se rompa el hechizo. Mi memoria se ha reorganizado y pasa a primera fila esta última imagen, mientras una parte del día va a la papelera de reciclaje. Y mañana será mañana, en el que las fórmulas mágicas y matemáticas, salpicadas de imprevisibles vivencias, nunca serán exactas.

Txell

viernes, 3 de febrero de 2012

Alarma nevada

Hoy me ha costado levantar a los niños. Calentitos, en sus camas, les ha caído encima la mañana. Las ventanas reflejan un día frío y da pereza salir de casa. Inventándome la motivación y las ganas, los ayudo a vestir contándoles un cuento, aún soñoliento, sobre su ropa y sus pijamas.

El reloj me espabila y las horas nos marcan el ritmo de la marcha. Los restos de un desayuno con prisa quedan esparcidos sobre la mesa de la cocina y abrigo bien a los niños para salir de casa. Acalorados con sus bufandas y gorros, protestan, porque se sienten demasiado forrados, pero yo actúo de madre convencida y no me dejo intimidar.

Llegamos al colegio a la carrera; hoy no hay bicicleta ya que las previsiones metereológicas apuntan que será un día de frío y nieve algo complicado.

Llegando al trabajo pienso que quizás el anuncio del tiempo ha sido acertado: microscópicos copos de nieve acompañan mi paso. Pero la sorpresa dura pocos minutos: sentada en mi puesto, el paisaje ha cambiado y el día es simplemente frío, gris y apagado.

A primera hora de la tarde empiezan a desarrollarse una serie de acontecimientos que alteran el orden y desorganizan el día: en el trabajo nos dicen que podemos ir a recoger a nuestros hijos al colegio, ya que muchas aulas están cerrando por el riesgo de nevadas importantes. Y al mismo tiempo, recibo un mail de gimnasia extraescolar, anunciando que se suspenden las clases por riesgo de caos metereológico. Realmente parece una broma: miro el cielo desde la ventana y no deja de ser un día frío al que hace tiempo que no estamos acostumbrados.

Ya en casa, Martina está decepcionada: no le han dejado entrar en el colegio por la tarde y tampoco puede ir a gimnasia. " Pero si no está nevando...", nos dice, esperando que nuestra mirada le dé algún formato de respuesta.

La tarde transcurre diferente a cómo nos la habíamos planteado: un monopoly interminable se hace menos eterno que la espera a que se cumplan las previsiones. Los niños, preparados para la nieve, empiezan a sospechar que las botas y los anoraks volverán al armario del que han salido... "Pero...¿Por qué dicen que nevará y no nos dejan ir a ningún sitio, si al final no es verdad?", nos insiste Martina.

La verdad es que yo pienso lo mismo. Por querer evitar el caos que podría provocar un día de nieve en Barcelona se ha creado más desorganización y desinformación. Hoy no siento que estoy en una ciudad cosmopolita: es una ciudad amedrentada y que se siente poco preparada para un acontecimiento natural: complejo de inferioridad ante la fuerza de los elementos. ¿Realmente es para tanto?

Por suerte, Jaume me roba una de las sonrisa del día. Antes de acostarlo, me mira serio y, lleno de razón, me dice: "Mamá, ¿Sabes qué? Hoy no hemos ido a gimnasia, pero el próximo día que digan que nevará, podemos ir, porque seguro que se lo vuelven a inventar". Martina asiente ilusionada.

Con esta lógica aplastante, no entiendo por qué los adultos nos empeñamos tantas veces en tomar decisiones que hacen de lo sencillo algo tan complicado.


Txell

martes, 31 de mayo de 2011

Agotamiento primaveral

Este mes de mayo está resultando agotador. Recién superado el tema de los piojos, una serie de citas y celebraciones repletan mi agenda. El fin de curso se acerca y los acontecimientos aparecen uno tras otro, a velocidad incontrolada y vertiginosa. Si a todo ello añadimos un tiempo atmosférico revuelto y unos niños exageradamente nerviosos, el resultado es un agotamiento físico y mental entrelazado con astenia primaveral de primer grado.

Con la tensión por los suelos y olvidándome de ser una supermamá, intento poner un poco de orden en mi vida para no perderme entre tanta responsabilidad maternal. Cojo un calendario y me organizo, priorizando la vida social y escolar de los niños por delante de cualquier otra cosa.

Rotuladores de colores, fluorescentes, subrayados y tachaduras...el calendario está tan repleto que ya no se diferencian las cosas urgentes de las importantes....la verdad, ¿qué diferencia hay? Creo que no tengo tiempo para priorizar, así que iré solucionando sobre la marcha.

Colonias, escuelas de verano, fiesta de "graduación" de Martina, concierto de final de curso, festival de la piscina, fiesta de gimnasia, matrículas del año que viene, excursión familiar del colegio....todos los eventos fichados, autorizaciones parentales para entregar y reserva de un sector de neuronas para pensar en mi vida laboral y doméstica.

Freno unos minutos y pienso en la actividad frenética de nuestros hijos. Me planteo si es necesario que un niño de 3 años vaya de colonias, aunque se considere que le ayuda a socializarse y a adquirir más autonomía. Me río pensando en las reuniones de colonias: caras de padres expectantes ante los primeros pasos de independencia de sus hijos, nerviosismo y preguntas de perogrullo fruto de la inexperiencia (destacando la de "¿los bañaréis por la noche? ( ¡a 50 niños¡) o "¿Podemos llamarlos antes de dormir? (haciendo el cálculo:  50 llamadas de padres a 3 minutos cada uno es igual a hijos en vela y trasnochados)).

Después de la pausa, vuelvo a poner el turbo y dejo que me arrastren los acontecimientos. Con una semana de diferencia, preparamos dos veces la maleta, una para Jaume y la otra para Martina. Mudas, antimosquitos, funda del nórdico para dormir, linterna, cantimplora....todo preparado y marcado a bolígrafo, ya que soy una madre práctica que ya no plancha las etiquetas. Nuestros hijos nos muestran su personalidad en toda la preparación: Martina controla hasta el último rincón de la bolsa; Jaume conecta y desconecta, va alternando, pero estamos seguros que se ha enterado de todo.

Llegado el día de la marcha, somos padres de primera fila en las despedidas, con agujetas de decir adiós con la mano. Siempre pienso que, si me viera desde fuera, me sentiría ridícula. También pienso que el conductor del autocar debe estar divertido, pero hay cosas que no te importan cuando se trata de los hijos: se hacen sin planteártelas demasiado. Y, mirando a otros padres, todos organizan el mismo espectáculo, así que entre la multitud piensas que no se nota tanto.

Superados los dos días de colonias, en los que en casa se respira una mezcla de tranquilidad y añoranza, nuestros hijos vuelven agotados, con la ropa y las rodillas con pinta de haber amortizado la estancia. Explican poco, pequeñas anécdotas de su aventura, que se van ampliando y desgranando durante toda la semana. Los abrazos son intensos, los besos más sonoros y los "te quiero" ayudan a expresar lo mucho que los hemos echado de menos.

Una meta superada, todavía más cerca el fin de curso, con festivales y fiestas que van cerrando un nuevo año de etapa escolar. Concierto de música en el que sólo tienes ojos para tus pequeños artistas; exhibición de piscina en la que descubres a la nueva Esther Williams, con gran estilo nadando de espalda, y un mini Tarzán que ha perdido todo el respeto al agua y se enfrenta brazada tras brazada. Aplausos convencidos de Padres con mayúscula que van siguiendo a sus hijos, evento tras evento y vivencia tras vivencia; el cansancio generalizado se refleja en las caras de satisfacción con ojeras algo más marcadas.

Todavía nos queda la traca final y, antes de llegar a San Juan habremos asistido, con nuestros hijos, a sus diferentes citas, preludio de la intensa vida escolar, deportiva y social futura. Así que, preparándome para todo lo que nos espera, tomo aire, respiro y me relajo unos segundos, guardando en la retina y en el corazón todos los momentos vividos, repitiéndolos en la memoria generosa y esforzada que permitirá que perduren para siempre.




Txell

domingo, 1 de mayo de 2011

Madres

Hoy es el Día de la madre. Me gusta este día; es un reconocimiento especial a un modo de ser, al esfuerzo y el trabajo que durante todo el año regalamos a nuestros hijos. Es una jornada en la que las mamás nos sentimos algo importantes porque nuestros hijos nos felicitan y que ya nos sirve 364 días restantes de dedicación sin descanso.

Mis hijos llevan unos cuantos días revolucionados. Me miran con cara de que me están preparando alguna sorpresa en el colegio y cuchichean entre ellos. A veces puedo escuchar algo de lo que dicen porque no acaban de controlar el volumen del susurro, pero disimulo con total credibilidad. Martina me hace alguna pregunta sobre mis preferencias de colores y Jaume los lleva tatuados en la bata. Disfruto viendo la ilusión que transmiten y agradezco a las profesoras el esfuerzo de pensar, diseñar y decorar detalles para las madres, teniendo en cuenta la precisión manual que tienen los preescolares.

Pienso en todas las madres que recibirán los regalos. Cada una diferente, con su historia, su vida, sus deseos, sus preocupaciones....pero con la misma ilusión ante las sorpresas de su hijo. Un beso, un abrazo, una caricia, una mirada, una sonrisa....decenas de agradecimientos en múltiples formatos, desde el más contenido al más ilusionado, convirtiendo el instante en único e irrepetible. A veces me gustaría vivir en la fotografía de estos momentos y paralizar el tiempo eternamente. Pero la vida sigue, así que guardo el recuerdo y me sirve de retroalimentación para las rutinas y luchas diarias.

Y es que ser madre es lo que tiene. Es una mezcla de contrastes continuos, explosión de sentimientos, control de los límites y cariño desbordado. Un cocktail explosivo en el que nos vemos inmersas, en el que aprendemos sobre la marcha gracias a nuestro sentido común e intuición. Ser madre es una transformación en la que ya no se vuelve a ser una misma, sino la "madre de", tanto en categoría social como en comportamiento. Y aunque, en principio, se trata de una decisión pensada y consensuada, fruto de un acto de amor en todos los sentidos, las consecuencias de la misma pueden llegar a desbordar hasta a la persona más sensata.

En mi caso, muchas veces me cuesta reconocerme y pienso donde está aquella Meritxell, entendida y aficionada al cine, que ahora no ve ni un personaje humano en la televisión; que podría impartir un máster en dibujos animados, pero que es incapaz de reproducir el título de los últimos estrenos de la cartelera.

También me pregunto dónde quedan mis conversaciones de pareja, temas de actualidad, planes de futuro, que se han sustituido por "qué han comido los niños", "cuándo se van de excursión","has puesto la nota en la mochila", "hoy han hecho o han dicho" o "necesito un balneario".

He cambiado las terrazas donde ir a tomar una copa por los parques de la ciudad, las cenas en restaurantes por menús infantiles, los cines por ludotecas y el periódico diario por el cuento para dormir.

Mi armario destila esencia de madre. Ropa cómoda y resistente a babas, mocos y manos pegajosas, chocolate y " chuches". Predominan los leggins, tejanos y camisetas junto a algún vestido con escote y largo controlados, no vaya a ser que, mientras lleve colgado a alguno de mis hijos después de un salto desde el tobogán, la prenda se descoloque de tal forma que pueda llegar a dar alguna alegría al personal.

Nuestra casa huele a niño y a juguete desperdigado. Hogar de trote, pero hogar vivido. Y en medio de todo nuestros angelitos, torbellinos endemoniadamente encantadores. Parece mentira: son nuestros, tan deseados...

Son el centro de nuestras vidas, de esos padres piltrafillas que querrían llegar a todo, que se quedan a medias, que muchas veces dudan de sus capacidades. Que estando muchas veces al límite, cansados y con pocas fuerzas se plantean si vale la pena todo el derroche de esfuerzo. Pero que una sonrisa de sus hijos, sólo una, les devuelve, en cuestión de segundos, la ilusión por seguir ahí, al pie del cañón, vitaminados para las próximas horas de descontrol controlado.

Hoy me gustaría felicitar a todas las madres que se sienten como yo, que piensan que tener hijos es lo mejor que les ha pasado en la vida, pero que, de vez en cuando necesitan respirar para poder explicarlo. Y mientras disfruto del día, luzco orgullosa los regalos que me han hecho Martina y Jaume: un broche y un collar de confección manual, de diseño exclusivo y de valor incalculable.

sábado, 9 de abril de 2011

Cambio de ropa

Después de unos días de colapso primaveral, hoy he decidido dar un gran paso. Una de esas decisiones que marcan el fin de una etapa para pasar a la siguiente y que anuncian la llegada del buen tiempo. Hoy me sacaré las botas y me pondré las sandalias. Sin término medio, sin un paso previo, decidida, hoy recibo a la nueva estación convencida de que no hay marcha atrás. Por mi parte, queda inaugurada oficialmente la primavera.

Últimamente he estado recibiendo señales y inputs de que este cambio estacional se iba a producir. El más agradecido ha sido el cambio de luz, pasando del apagado invierno a una estación más luminosa. La ciudad está más viva y vivida. Parece el retorno del "Flautista de Hamelín" con los parques llenos de niños que ya no parecen globos con anoraks. Sin abrigos, gorros y bufandas tienen forma humana y se mueven con libertad. Y mientras el sol aprieta y nuestros hijos tienen ganas de jugar, los padres parecemos percheros con la ropa que les sobra. Porque las prendas de abrigo siguen saliendo de casa debido a los "por si acaso" y "no se nos vayan a constipar" y acaban de figura decorativa en cualquier adulto con cara de "vámonos a casa ya".

A pesar de la claridad del día, a mi me cuesta aclararme y organizarme. Toca cambio de la ropa del armario, desgaste físico y mental. Pero como no es cuestión de retrasarlo más, empiezo con la ropa de mis hijos, que siempre son nuestra prioridad. Y empiezo a abrir bolsas y cajas, no del todo consciente de la que se puede organizar.

Me atrevo a probarles las prendas del año pasado y les da por saltar. Después de ocho camisetas y otros tantos pantalones yo no puedo más. Y a medida que crece su energía y excitación menguan mis pilas y mi paciencia.

Me paro a observar el panorama y hago balance: tengo una ensaladilla de prendas en el comedor, un revoltillo de piezas de colores con las que mis hijos se están divirtiendo cada vez más, montando su carnaval particular. El momento culminante es cuando intercambian la ropa y Jaume me pide que le abroche un vestido de flores. ¿Río o lloro?

No sólo me lo tomo increíblemente bien, sino que decido recuperar mi pasado infantil y volverme más niña que ellos. Doy rienda suelta a la imaginación y nos inventamos una historia de caballeros y princesas veraniegos, con bañadores por sombreros y capas de vestidos de playa. Por un momento, pienso que el binomio educación y diversión es compatible y disfruto con ellos del momento. Me gusta y mis hijos me miran contentos y divertidos. No estoy cumpliendo el objetivo de organizar la ropa, pero estoy viviendo un momento especial. "Mamá, siéntate en el trono, que eres nuestra reina esforzada". Me quedo sin palabras. Estoy asistiendo a una representación del cariño personificado.

Pierdo el hilo de lo que quería hacer, seguro que es más tarde de lo que pienso, pero en este momento no me importa demasiado. Las madres tenemos recursos así que acabaré midiendo la ropa que queda sin probar y aprovechando los vestidos cortos como camisolas con algún leggin que pueda combinar. No puedo dejar a medias esta función que está a punto de terminar. Y la verdad, un rato de reina a nadie viene mal. Nos reímos y nos divertimos. Cada uno tiene su papel, su momento, su rol. Volver a la infancia te ayuda a minimizar las preocupaciones y a recuperar esa inocencia escondida en un baul perdido del pasado.

Después de unos cuantos aplausos y triples bises de funciones repetitivas, intento convencer a mis hijos de que a los actores les ha llegado la hora de ponerse el pijama. Dura negociación de los cinco minutos que se convierten en quince eternos. Voy desprendiéndome de mis privilegios de reina para volver a mis obligaciones de madre y recojo la ropa lo más rápido posible. Apilo unas cuantas torres de Pisa de prendas y retraso el cambio de piezas un día más. Me rìo pensando que todo ha empezado por una sandalias.

Mientras ayudamos a nuestros hijos a ponerse el pijama explican divertidos su tarde festivalera. "Mañana otra vez, ¿vale?" nos piden. Y yo les sonrío pensando que, a pesar de ser un día perdido de trabajo, sus vivas miradas compensan las horas y organización que me esperan para estar a punto y preparados para la primavera.

Txell



martes, 1 de marzo de 2011

Jornada diaria intensa

Hace años que no pongo el despertador, pero siempre me levanto a la hora o mucho antes. Mis hijos no entienden de cansancio, sueños, días laborables o fines de semana. Antes de que pueda abrir los ojos, oigo alguna de sus vocecitas. A partir de ese momento, el día ya no me pertenece.

Si es Martina, de cinco años, me llama desde su habitación y cuando voy a buscarla me recibe con una sonrisa. Muchas veces me explica sus sueños, algo que me da pistas sobre sus alegrías y preocupaciones.

Jaume, de tres años, es diferente. Aparece en nuestra habitación, con cara de sueño y sonrisa pícara. A veces trae buenas intenciones y nos dice que ya es mayor y no tendrá rabietas. Y yo lo miro, y hago ver que me lo creo, no sé si para motivarlo o para autoconvencerme.

Prepararlos para ir al cole es una competición a contrarreloj...hace tiempo que no noto la temperatura ambiente, porque siempre estoy acalorada. Y miro la hora y siempre es más tarde de lo que pensaba...yo creo que, por las mañanas, el tiempo va diferente.

Toca vestirse y los encuentro haciendo luchas en nuestra cama; luchas de hermanos, uno más de su juegos, pero cada día gasto la palabra "cuidado" y ellos están tan acostumbrados a oírla que no atienden hasta que la digo bien fuerte.

Con los años, me he organizado un poco y la noche anterior les preparo la ropa; así, lo que toca, toca.... Pero Jaume es un fanático del rojo (coincide con su personalidad) y si fuera por él, todos los días iría vestido de ese color. Como es de suponer, con tres años, no va atener un armario monocromático... Así que, si no hay rojo y se le cruzan, ya tenemos la rabieta... Cuesta mucho no ceder, pero me mantengo firme: no quiero que sea el protagonista de "Hermano mayor" de aquí a unos años. Ya sabe que no hay negociación, pero lo intenta....y normalmente vamos a desayunar con hilo musical incorporado, lloro constante. Por suerte, le pasa rápido.

El momento del desayuno también tiene su historia. Yo no sabía que a los niños les hacían ilusión cosas como partir yogures, abrir la tapa o los paquetes de galletas. Para que no haya discusiones, cada día, uno de nuestros hijos parte los yogures....¡Y tienen los turnos controlados! Se sientan en la mesa de la cocina y oigo algún "me toca" y en el fondo me río de la simpleza de algunas cosas. Yo también desayuno con ellos: de pie, a medias, como sea, pero necesito energía que el día se presenta movido.

Miro el reloj, el tiempo pasa volando. Tengo diez minutos para arreglarme. Me miro en el espejo. Tengo cara de madre....de madre agotada con cara de sueño. Me lavo la cara....ahora me veo algo más despierta. Ya no tengo más tiempo para analizarme porque aparece alguno de los dos, así que me visto en tres minutos y salgo de casa con cara de prisa. Las mochilas, las chaquetas, la bici, no encuentro el móvil, mamá quiero llevar un cuento al cole, mamá quiero apretar el botón del ascensor....uffff no acabamos nunca.

Por fin estamos en la calle. Paramos en la tienda del padre de las criaturas y vamos todos al cole, que está a tres minutos. La familia feliz apresurada. Los niños hacen carreras, a veces pienso que acabarán rodando, porque cogen gran velocidad. Llegamos a la escuela y nos despedimos con mil besos y abrazos. Los miro por la ventana, los saludo otra vez y sonrío. Y respiro.

Voy al trabajo en bicicleta y me da por pensar. Estoy agotada y no ha empezado mi jornada. Es duro ser madre, pero no soy la única. Hay millones de madres que hacen lo mismo que yo, millones de padres que intentan llevar a sus hijos de la mejor forma, como saben o como pueden. No es fácil....

No llevo ni la mitad del trayecto y vuelvo a pensar en mis hijos. Se me ha olvidado por completo la mañana de locos. Ya tengo ganas de que sean las cinco de la tarde para volverlos a ver.